Los poderes del iniciado mason

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La Vida no es de por sí una finalidad. No vivimos por el gusto de vivir, sino en vista de cumplir con un deber. Todo ser viviente tiene su razón de ser, su puesto designado en el armonioso concierto de la vida universal. Si existimos es en vista de la tarea que nos ha caído en suerte; correspondemos a una necesidad.

De no ser asi no habría lógica ni orden en el Cosmos y el mundo no sería más que un mecanismo ciego trabajando de balde, sin provecho alguno, sin producir trabajo efectivo. No es como lo conciben los Iniciados que siempre han creído en la Magna Obra. Se han representado el universo como un inmenso taller de construcción en el cual cada ser trabaja en la realización de un ideal supremo. Todos somos obreros provistos cada cual de las herramientas adecuadas al trabajo que se nos pide. De aquí la estrecha relación que podemos notar entre nuestras predisposiciones naturales y nuestro destino.

Nuestras aptitudes son el indicio de nuestra vocación y, por lo tanto, del programa al cual tiende a sujetarse nuestra vida, mientras los seres viven instintivamente obedecen a sus impulsos y en consecuencia cumplen de un modo ineludible toda la serie de actos de una vida, en perfecta concordancia con las leyes de la especie. Este estado de inocencia edénica desaparece así que interviene el discernimiento.

Procuremos, pues, librarnos de los errores más groseros, satisfechos de haber realizado un progreso y haciendo que nuestra satisfacción nos estimule a perseverar en la eterna lucha contra el error.

Despues de lo que antecede no puede subsistir duda alguna respecto a la indole del poder que servirá de arma al iniciado en toda circunstancia. Debe adquirir el poder de discernir el error. Pero del mismo modo que la caridad bien entendida debe ser aplicada a uno mismo, de la misma manera el juicio critico debe también aplicarse ante todo al propio individuo. Los errores ajenos no nos interesan en lo más mínimo, cuando menos de momento, y bastante tenemos que hacer con los nuestros. Cuanto más sabremos distinguirlos, más potentes seremos contra el error en general.

El discernimiento es más indispensable todavia cuando se trata de la manera de combatir el error. Debemos respetar las convicciones ajenas y evitar de atacar sus errores sin miramientos. La violencia es siempre contraproducente y nunca podrá venir la idea de emplearla si hemos logrado discernir nuestros propios errores; si sabemos reconocer de buena fe nuestras equivocaciones, nos resultará también fácil admitir la buena fe de los demás. Es más: sabremos aducir a los otros las razones que nos han convencido, pudiendo de tal suerte disipar un error que fue el nuestro en otro tiempo.

El segundo poder que debe procurar adquirir el iniciado es la benevolencia, Los buenos sentimientos que nos animan no dejan de ejercer su influencia a nuestro alrededor. Nos confieren un verdadero poder mágico y al lado de este poder todas las concentraciones de voluntad preconizadas por los ocultistas no son más que decepciones y pasatiempos de niños. Esforcémonos en querer bien a los malos como a los buenos. Si sabéis desarrollar este poder afectivo dispondréis de una fuerza colosal.

Aprended, por fin, a contrastar vuestras voliciones. Abstenerse de todo querer y detener nuestra voluntad, es mucho más difícil que proyectar órdenes capaces de subyugar un sujeto hipnótico. Si nuestra voluntad ha de ser operante, debemos usarla con parsimonia y no debe servir de juguete en manos de un fakir o de un mago de salón. No debéis querer, sino lo que mereces ser querido si aspiráis al poder de mando.

Los tres poderes del Iniciado están en estrecha relación unos con otros y nadie alcanzará el último sin antes haber logrado los dos primeros. Para terminar podemos decir que fuera de este ternario todo es vano e ilusorio en el dominio de estos poderes que sirven de cebo a los aficionados a las ciencias ocultas.

Los poderes del Iniciado son reales, pero tan sólo puede con seguirlos en vista del cumplimiento de su tarea y solamente en la medida indispensable para la ejecución de su trabajo. Si nos esforzamos en trabajar bien pondrán en nuestras manos las herramientas o facultades necesarias para llevar a feliz término la Ora que nos incumbe.

Ojalá puedan estas sucintas indicaciones abrir los ojos de quienes pudieran ser tentados de considerar la Iniciación a modo de una escuela de atletismo psíquico o de un conservatorio de magia operante. El Iniciado verdadero nunca hace alarde de sus poderes y los ejerce discretamente sin buscar la admiración, ni vanagloriarse de poseerlos. Por otra parte, no trabaja nunca aisladamente, ni quiere medir la parte que le corresponde en la colaboración que ha podido prestar. Consciente de haber trabajado tan bien como ha sabido, participa del éxito de la obra con la modestia del soldado cuyo valor ha contribuido a la victoria. La iniciación conduce a la humildad, de la misma manera que conduce a la humildad, de la misma manera que conduce a ella la ciencia pura o la religión bien entendida.

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